La mayoría de personas no empieza a usar un wearable por moda.
Empieza porque quiere dormir mejor, tener más energía durante el día o entender por qué, aun “haciendo las cosas bien”, se sigue sintiendo cansada.
La promesa es lógica:
si puedes ver qué pasa mientras duermes, te mueves o te recuperas,
puedes ajustar hábitos y sentirte mejor.
Y al principio, funciona.
Empiezas a mirar datos.
Te acuestas antes.
Te levantas con la sensación de que, por fin, estás prestando atención a tu salud.
Ese era el trato implícito:
información útil a cambio de decisiones mejores.
Hasta aquí, nada extraño.